CHILOÉ

Llueve. Bueno, como siempre. Esta isla, desgajada de Chile pero temerosa de navegar lejos de su larguísimo regazo, amanece y se acuesta disfrazada de melancolía. La llovizna es un velo que tapiza de nostalgia cada rincón de las ciudades y sus gentes. El tiempo parece detenido, suspendido a caballo entre un pasado hecho de magia y un futuro demasiado perezoso para saltar el istmo que le separa del continente. Casas encogidas de borrasca se protegen con tejados de madera, se revisten del humo de los braseros y ofrecen abrigo en sus cocinas olorosas a salmón y vino caliente. Pequeñas iglesias de corte centroeuropeo dominan los villorrios dispersos a lo largo de la costa. En los mercados, carros de pescado y gruesos chaquetones de lana comparten olores y paciente espera del distraído comprador. Los palafitos se precipitan sobre la mar, apoyan en ella sus cimientos y arrullan al durmiente con el murmullo eterno del Pacífico. Así, entre el calor de los cafetines y la gélida brisa que, en los meses más fríos del invierno, asciende desde Patagonia, trascurren los años, la pluma goteando sobre el papel, siluetas deformadas de humedad asomando a mi ventana.