TIEMPO DE MURALLAS

 

El muro se alza frente a él. No importa. Jadeante, dejándose uñas y alma, consigue sortearlo para descubrir, al otro lado, uno más alto y más adusto. Acaricia sus dedos desgarrados, toma aire y se lanza a la proeza de ascenderlo. Y tropieza con otro. Más allá, uno más. Y otro. Abatido, vuelve la vista atrás. Imposible retroceder. No es posible la retirada, el regreso a un pasado de pobreza y sonrisas. Pero el futuro, el idílico porvenir, no es más que una sucesión interminable de barreras clausuradas al hambriento visitante. Suspira. Dedica una mirada de agotamiento a los lujosos vehículos que, ajenos a la legión de suicidas que pugnan contra almenas y cuchillas, franquean las puertas abiertas de la muralla, y sigue trepando, sigue buscando ese vacío intangible al que llaman esperanza. 

ELMINA

La noche es silencio. Silencio trenzado con un lejano croar de sapos, con el atronador chirriar de las cigarras, tejido del agudo ulular de las lechuzas y difusos gruñidos que saltan de rama en rama. La noche, en Elmina, es silencio.

A través del velo geométrico de la mosquitera, una luna de faz enfermiza resbala sobre su lecho de nubes. Más allá, anhelando tal vez huir a su tenue reflejo, las tinieblas reptan sobre los tejados, disfrutan de su imperio en esas horas inciertas en que  sol de África, cansado de su reinado abrasador, dormita en el vientre de cualquier volcán. 

Entonces, en algún punto indeterminado de la nada, comienzan los tambores. Desde abajo, desde los pueblos derramados en desorden sobre la ladera, trepan en brazos del viento hasta inundar mis oídos con su magia, golpes rítmicos, acompasados, ecos rasgados del latido mismo del continente. Cierro los ojos y, a través de los sonidos, viajo rumbo a minúsculas aldeas de adobe y niños desnudos. Sé que a nuestros pies, encogida entre el océano y estas breves lomas con ínfulas de montaña, Elmina es una ciudad de veinte mil habitantes, una urbe de prisas y mercados, de viejos camiones hediondos y barcazas codeándose sobre un mar estrecho para tanto pescador. Pero la voz de los timbales recuerda a tierra seca y arbustos encogidos, a senderos hechos del paso de las bestias, a esencia de un tiempo pasado que en África pervive, distinto e inmutable, en cada mirada de pupilas amarillas, en cada aliento, en cada sonrisa.   

La noche es silencio. Silencio trenzado con un lejano croar de sapos, con el atronador chirriar de las cigarras, tejido del agudo ulular de las lechuzas y difusos gruñidos que saltan de rama en rama. La noche, en Elmina, es silencio. 
 
 
 
A través del velo geométrico de la mosquitera, una luna de faz enfermiza resbala sobre su lecho de nubes. Más allá, anhelando tal vez huir a su tenue reflejo, las tinieblas reptan sobre los tejados, disfrutan de su imperio en esas horas inciertas en que  sol de África, cansado de su reinado abrasador, dormita en el vientre de cualquier volcán.  
 
 
 
Entonces, en algún punto indeterminado de la nada, comienzan los tambores. Desde abajo, desde los pueblos derramados en desorden sobre la ladera, trepan en brazos del viento hasta inundar mis oídos con su magia, golpes rítmicos, acompasados, ecos rasgados del latido mismo del continente. Cierro los ojos y, a través de los sonidos, viajo rumbo a minúsculas aldeas de adobe y niños desnudos. Sé que a nuestros pies, encogida entre el océano y estas breves lomas con ínfulas de montaña, Elmina es una ciudad de veinte mil habitantes, una urbe de prisas y mercados, de viejos camiones hediondos y barcazas codeándose sobre un mar estrecho para tanto pescador. Pero la voz de los timbales recuerda a tierra seca y arbustos encogidos, a senderos hechos del paso de las bestias, a esencia de un tiempo pasado que en África pervive, distinto e inmutable, en cada mirada de pupilas amarillas, en cada aliento, en cada sonrisa.   
BUENOS AIRES
 
Un café y un alfajor para desayunar. El Tortoni nos resguarda en su penumbra, oloroso a medialunas, a reposo y literatura compartida.
 
Se acabó la calma. La Nueve de Julio presume de su jungla de carriles con el orgullo de los excesos. En el centro, el obelisco deja pasar horas y vehículos sin un gesto, sin una queja.
 
La lluvia espera agazapada sobre La Boca. Asustados los turistas, la calle esconde a los pintores bajo aleros enmohecidos de indolencia.
 
San Telmo, en cambio, exhibe una sonrisa de viales adoquinados. Al calor de un tinto mendocino, el cuerpo recupera la templanza. Un bife con sabor a leña antes de retomar el placer de unas aceras salpicadas de magia y baratijas.
 
La tarde cae sobre Plaza de Mayo. El cielo se tiñe de carmín, altivo antagonista de una casa rosada sitiada de recuerdos, de pañuelos en denuncia permanente. Jirones de reflejos azules y violáceos se estiran sobre los muelles viejos y las nuevas torres de cemento y cristal. 
 
La noche en el fragor de Corrientes, rodeados de teatros, de cines, de millones de librerías y cafetines, se convierte en el espacio soñado para el viajero, se tiñe de arte, de espectáculo y de sonrisas satisfechas. El estruendo de los coches nunca cesa, los autobuses rugen su ronquera y Buenos Aires dormita, que no duerme, en espera de un amanecer cargado, como siempre, de vida, de luchas y de anhelos. 

HANOI

La vi surgir y evaporarse tras una esquina, entre mercancías apelotonadas sobre estrechísimas aceras y decenas de acelerados transeúntes. Una marea de ciclomotores sobrecargados me impidió cruzar la calle, seguirla en el ruidoso laberinto del viejo Hanoi. La noche descansaba en los tejados encogidos, abrazados casi el uno con el otro, pero la vida fluía a toda velocidad. Acuclillados sobre las aceras, familias enteras cenaban un cuenco de arroz, sonreían al vecino, al turista y al amigo sin perder de vista sus negocios siempre abiertos. Caminé nervioso, oteando cada rincón en busca de su huella cuando, leve y sensual, apareció al otro extremo de la vía. Ansioso por desvelar el misterio de aquella mujer esbelta y pálida, aquel rostro que brillaba con luz propia entre farolillos tendidos en los aleros y velas asomadas a las ventanas, corrí hasta el límite de la ciudad antigua, allí donde un cinturón vivo de motocicletas sitía la digna elegancia del lago Hoán Kiém. De puntillas, ella sorteó la marea mecánica de Dinh Tién Hoang y, como una figura etérea, llegó a la orilla. Paralizado al otro lado de la travesía, contuve la respiración mientras se inclinaba sobre las aguas, se encogía con delicadeza y, de golpe, se derramaba sobre la oscura superficie del lago. Tragué saliva y alcé la mirada. Allí, en el centro del firmamento, orgullosa de su arrogante soledad, la luna regalaba trozos de si misma, esencia de blancura que Hanoi moldeaba a su imagen y semejanza creando ensoñaciones femeninas capaces de enamorarme sin remedio.

 

En modestísimo homenaje a “El rayo de luna”, de Gustavo Adolfo Bécquer

 

CHILOÉ
 
Llueve. Bueno, como siempre. Esta isla, desgajada de Chile pero temerosa de navegar lejos de su larguísimo regazo, amanece y se acuesta disfrazada de melancolía. La llovizna es un velo que tapiza de nostalgia cada rincón de las ciudades y sus gentes. El tiempo parece detenido, suspendido a caballo entre un pasado hecho de magia y un futuro demasiado perezoso para saltar el istmo que le separa del continente. Casas encogidas de borrasca se protegen con tejados de madera, se revisten del humo de los braseros y ofrecen abrigo en sus cocinas olorosas a salmón y vino caliente. Pequeñas iglesias de corte centroeuropeo dominan los villorrios dispersos a lo largo de la costa. En los mercados, carros de pescado y gruesos chaquetones de lana comparten olores y paciente espera del distraído comprador. Los palafitos se precipitan sobre la mar, apoyan en ella sus cimientos y arrullan al durmiente con el murmullo eterno del Pacífico. Así, entre el calor de los cafetines y la gélida brisa que, en los meses más fríos del invierno, asciende desde Patagonia, trascurren los años, la pluma goteando sobre el papel, siluetas deformadas de humedad asomando a mi ventana. 

BARCELONA

Hay que abandonar el puerto, sembrado de torres de cristal y neón. Hay que olvidar el rumor incesante del tráfico, dueño y señor de las grandes avenidas. Hay que esperar a la noche, escasos momentos de una calma tan frágil que parece romperse con el halo de la respiración. Entonces, en la imposible oscuridad de las farolas, las siluetas conocidas de las calles se transfiguran, renacen y mueren para seguir viviendo en un segundo. El repetido perfil de unas fachadas fusiladas de flashes y de halagos exhibe entonces dibujos inimaginables a unos turistas ávidos de robar imágenes, incapaces de captar el alma altiva de la ciudad. Bordear la elegancia gótica de los callejones escuchando el rumor de tus propios pasos y la respiración cadenciosa de las piedras, empequeñecerse bajo arcos y arbotantes mientras las gárgolas espían desde sus atalayas es imprescindible para intuir entre la sombras las olvidadas leyendas que trenzaron la grandeza de una urbe pendiente siempre del futuro. Las manos en los bolsillos, el sueño prendido de los párpados, camino sobre las mismas losas que, siglos atrás, surcaron guerreros, próceres y mendigos, recreando en mi imaginación, o en un mundo paralelo, sencillas historias de gloria cotidiana. Quizá la madrugada me devuelva a una realidad aburrida, a una rutina de carreras, de estrés y comida rápida. O, quizá me resista a desprenderme de su embrujo. Quizá sepa navegar en esta marea de lenguas y culturas sin perder la esencia de la vieja ciudad condal, sin olvidar sus silencios, el misterio cambiante de sus muros y la amabilidad recia de sus gentes.