MACONDO

 

Rashida no sabía nada de Macondo. Nada de García Márquez, nada de realismo mágico. Rashida jamás aprendió a leer. Encerrada en los prejuicios de una sociedad hermética, oculto el rostro tras los pliegues del shador, lo ignoraba todo sobre la literatura latinoamericana. Sobre cualquier literatura. Rashida, analfabeta y humilde, sabía de la vida. Licenciada en alimentar a cinco niños con apenas unos granos de sémola, doctorada en regalar esperanza cuando menguaban los ingresos y acechaba la miseria, era la protagonista de una historia escrita en largas noches de insomnio y madrugadas sin porvenir, narrada con susurros angustiados y gritos de frustración. Rashida no sabía de magia. Sabía de realismo.

 

No entendía las letras, pero sí los números. Los números marcaban las ganancias del esposo, los números limitaban la cantidad de granos asequible en los mercados. Dígitos ceñudos que limitaban sus anhelos. Dígitos crecientes, tiranos que obligaban a vivir con el hambre adherida a los pliegues de la carne.

 

Sería por falta de estudios, pero Rashida no entendía que subieran los precios y bajaran los salarios. Que los campos de dátil y cereal, erizados de torres petroleras, se ahogaran en el hedor viscoso de la muerte mientras los viejos agricultores languidecían al abrigo de sus chozas. Que quienes afirmaban ser luz y guía de su pueblo poseyeran palacios esculpidos en diamante, lujos imposibles sustraídos al vientre de la tierra, a la sangre de sus hijos, al futuro del país.

 

Por eso estaba allí. En la capital de ariscos rascacielos, bajo un cielo nublado de polvo y ambición. Con su familia. Y los vecinos. Y miles, decenas de miles de trabajadores, estudiantes y campesinos dibujando una gigantesca ola que, rizada de manos desnudas, anegaba la avenida central, desbordaba las calles y, hastiada de injusticias, de progreso para pocos y violencia para el resto, rompía contra la plaza, contra la sordera de los gobernantes. Contra el pasado.

 

Rashida no sabía nada de Macondo. Cuando las sombras oscuras de los soldados se recortaron sobre las azoteas, cuando las bocas de las ametralladoras dibujaron su perfil en los tejados, no pensó en García Márquez. Se limitó a tragar saliva, abrazar a sus hijos, y escuchar. Escuchar el silencio, el tremendo silencio cerrado sobre los manifestantes, los segundos de aterrada calma que anunciaron la tormenta. Se abrió el infierno, el plomo cayó como lluvia sobre la gente desarmada y, segundos antes de morir, Rashida llegó a pensar que no habría trenes ni vagones suficientes para esconder tanto cadáver.

 

Como en Macondo.           

 

ISABA 

Desde la distancia, las luces parecían luciérnagas enfermizas, débiles parpadeos nacidos a cada paso para a cada paso extinguirse. El hombre sonrió. Acurrucada entre montañas, revestida en agua y pedernal, Isaba evocaba olores a leña y hogar, sonrisas calladas y discreta protección para quienes, como él, se jugaban la libertad y la vida en cada viaje.

Quedaba lo más difícil. No. Lo más difícil, no. Lo más peligroso. Había que cruzar la carretera, alcanzar el cauce del Esca y, camuflado bajo los álamos de su orilla, llegar hasta el improvisado almacén de la cuadra abandonada. Era allí, apostada en cualquiera de las curvas que bordean los farallones taladrados por el río, donde la Guardia Civil acostumbraba a emboscar a los desgraciados que, tras inviernos crudos como aquel, decidían dar el salto y compaginar la ruinosa ganadería con el no tan lucrativo contrabando de tabaco. 

El viento, engalanado de nieve y lóbregos augurios, ululaba sobre los adoquines pulidos por el tiempo, descendía desde la desierta atalaya de Idoia entonando lamentos bajo un manto de nubes desesperanzadas, y hacía tintinear los restos roídos de la veleta que sobrevivía en el campanario. Al albor de su susurro, dos disparos recorrieron la noche. Hasta las casas llegó el sonido imposible de un cadáver al hundirse en el torrente, y una persiana, entornada en tensa espera, se cerró con un sollozo.  

Clareó con timidez la madrugada, descubriendo un paisaje de duelo y anhelos de venganza; un paisaje plomizo como el cielo, gélido como la escarcha prendida de los prados, como la mirada de los vecinos. Un paisaje de silencio impuesto. Pero el río, que nada sabe de imposiciones ni mandatos, seguía saltando sobre los cantos, limpio de sangre, virgen de plomo, seguía recordando en su camino que, en la memoria de los valles, todo, hasta la muerte, es pasajero. 

TIEMPO DE MURALLAS

 

El muro se alza frente a él. No importa. Jadeante, dejándose uñas y alma, consigue sortearlo para descubrir, al otro lado, uno más alto y más adusto. Acaricia sus dedos desgarrados, toma aire y se lanza a la proeza de ascenderlo. Y tropieza con otro. Más allá, uno más. Y otro. Abatido, vuelve la vista atrás. Imposible retroceder. No es posible la retirada, el regreso a un pasado de pobreza y sonrisas. Pero el futuro, el idílico porvenir, no es más que una sucesión interminable de barreras clausuradas al hambriento visitante. Suspira. Dedica una mirada de agotamiento a los lujosos vehículos que, ajenos a la legión de suicidas que pugnan contra almenas y cuchillas, franquean las puertas abiertas de la muralla, y sigue trepando, sigue buscando ese vacío intangible al que llaman esperanza. 

ELMINA

La noche es silencio. Silencio trenzado con un lejano croar de sapos, con el atronador chirriar de las cigarras, tejido del agudo ulular de las lechuzas y difusos gruñidos que saltan de rama en rama. La noche, en Elmina, es silencio.

A través del velo geométrico de la mosquitera, una luna de faz enfermiza resbala sobre su lecho de nubes. Más allá, anhelando tal vez huir a su tenue reflejo, las tinieblas reptan sobre los tejados, disfrutan de su imperio en esas horas inciertas en que  sol de África, cansado de su reinado abrasador, dormita en el vientre de cualquier volcán. 

Entonces, en algún punto indeterminado de la nada, comienzan los tambores. Desde abajo, desde los pueblos derramados en desorden sobre la ladera, trepan en brazos del viento hasta inundar mis oídos con su magia, golpes rítmicos, acompasados, ecos rasgados del latido mismo del continente. Cierro los ojos y, a través de los sonidos, viajo rumbo a minúsculas aldeas de adobe y niños desnudos. Sé que a nuestros pies, encogida entre el océano y estas breves lomas con ínfulas de montaña, Elmina es una ciudad de veinte mil habitantes, una urbe de prisas y mercados, de viejos camiones hediondos y barcazas codeándose sobre un mar estrecho para tanto pescador. Pero la voz de los timbales recuerda a tierra seca y arbustos encogidos, a senderos hechos del paso de las bestias, a esencia de un tiempo pasado que en África pervive, distinto e inmutable, en cada mirada de pupilas amarillas, en cada aliento, en cada sonrisa.   

La noche es silencio. Silencio trenzado con un lejano croar de sapos, con el atronador chirriar de las cigarras, tejido del agudo ulular de las lechuzas y difusos gruñidos que saltan de rama en rama. La noche, en Elmina, es silencio. 
 
 
 
A través del velo geométrico de la mosquitera, una luna de faz enfermiza resbala sobre su lecho de nubes. Más allá, anhelando tal vez huir a su tenue reflejo, las tinieblas reptan sobre los tejados, disfrutan de su imperio en esas horas inciertas en que  sol de África, cansado de su reinado abrasador, dormita en el vientre de cualquier volcán.  
 
 
 
Entonces, en algún punto indeterminado de la nada, comienzan los tambores. Desde abajo, desde los pueblos derramados en desorden sobre la ladera, trepan en brazos del viento hasta inundar mis oídos con su magia, golpes rítmicos, acompasados, ecos rasgados del latido mismo del continente. Cierro los ojos y, a través de los sonidos, viajo rumbo a minúsculas aldeas de adobe y niños desnudos. Sé que a nuestros pies, encogida entre el océano y estas breves lomas con ínfulas de montaña, Elmina es una ciudad de veinte mil habitantes, una urbe de prisas y mercados, de viejos camiones hediondos y barcazas codeándose sobre un mar estrecho para tanto pescador. Pero la voz de los timbales recuerda a tierra seca y arbustos encogidos, a senderos hechos del paso de las bestias, a esencia de un tiempo pasado que en África pervive, distinto e inmutable, en cada mirada de pupilas amarillas, en cada aliento, en cada sonrisa.   
BUENOS AIRES
 
Un café y un alfajor para desayunar. El Tortoni nos resguarda en su penumbra, oloroso a medialunas, a reposo y literatura compartida.
 
Se acabó la calma. La Nueve de Julio presume de su jungla de carriles con el orgullo de los excesos. En el centro, el obelisco deja pasar horas y vehículos sin un gesto, sin una queja.
 
La lluvia espera agazapada sobre La Boca. Asustados los turistas, la calle esconde a los pintores bajo aleros enmohecidos de indolencia.
 
San Telmo, en cambio, exhibe una sonrisa de viales adoquinados. Al calor de un tinto mendocino, el cuerpo recupera la templanza. Un bife con sabor a leña antes de retomar el placer de unas aceras salpicadas de magia y baratijas.
 
La tarde cae sobre Plaza de Mayo. El cielo se tiñe de carmín, altivo antagonista de una casa rosada sitiada de recuerdos, de pañuelos en denuncia permanente. Jirones de reflejos azules y violáceos se estiran sobre los muelles viejos y las nuevas torres de cemento y cristal. 
 
La noche en el fragor de Corrientes, rodeados de teatros, de cines, de millones de librerías y cafetines, se convierte en el espacio soñado para el viajero, se tiñe de arte, de espectáculo y de sonrisas satisfechas. El estruendo de los coches nunca cesa, los autobuses rugen su ronquera y Buenos Aires dormita, que no duerme, en espera de un amanecer cargado, como siempre, de vida, de luchas y de anhelos. 

HANOI

La vi surgir y evaporarse tras una esquina, entre mercancías apelotonadas sobre estrechísimas aceras y decenas de acelerados transeúntes. Una marea de ciclomotores sobrecargados me impidió cruzar la calle, seguirla en el ruidoso laberinto del viejo Hanoi. La noche descansaba en los tejados encogidos, abrazados casi el uno con el otro, pero la vida fluía a toda velocidad. Acuclillados sobre las aceras, familias enteras cenaban un cuenco de arroz, sonreían al vecino, al turista y al amigo sin perder de vista sus negocios siempre abiertos. Caminé nervioso, oteando cada rincón en busca de su huella cuando, leve y sensual, apareció al otro extremo de la vía. Ansioso por desvelar el misterio de aquella mujer esbelta y pálida, aquel rostro que brillaba con luz propia entre farolillos tendidos en los aleros y velas asomadas a las ventanas, corrí hasta el límite de la ciudad antigua, allí donde un cinturón vivo de motocicletas sitía la digna elegancia del lago Hoán Kiém. De puntillas, ella sorteó la marea mecánica de Dinh Tién Hoang y, como una figura etérea, llegó a la orilla. Paralizado al otro lado de la travesía, contuve la respiración mientras se inclinaba sobre las aguas, se encogía con delicadeza y, de golpe, se derramaba sobre la oscura superficie del lago. Tragué saliva y alcé la mirada. Allí, en el centro del firmamento, orgullosa de su arrogante soledad, la luna regalaba trozos de si misma, esencia de blancura que Hanoi moldeaba a su imagen y semejanza creando ensoñaciones femeninas capaces de enamorarme sin remedio.

 

En modestísimo homenaje a “El rayo de luna”, de Gustavo Adolfo Bécquer

 

CHILOÉ
 
Llueve. Bueno, como siempre. Esta isla, desgajada de Chile pero temerosa de navegar lejos de su larguísimo regazo, amanece y se acuesta disfrazada de melancolía. La llovizna es un velo que tapiza de nostalgia cada rincón de las ciudades y sus gentes. El tiempo parece detenido, suspendido a caballo entre un pasado hecho de magia y un futuro demasiado perezoso para saltar el istmo que le separa del continente. Casas encogidas de borrasca se protegen con tejados de madera, se revisten del humo de los braseros y ofrecen abrigo en sus cocinas olorosas a salmón y vino caliente. Pequeñas iglesias de corte centroeuropeo dominan los villorrios dispersos a lo largo de la costa. En los mercados, carros de pescado y gruesos chaquetones de lana comparten olores y paciente espera del distraído comprador. Los palafitos se precipitan sobre la mar, apoyan en ella sus cimientos y arrullan al durmiente con el murmullo eterno del Pacífico. Así, entre el calor de los cafetines y la gélida brisa que, en los meses más fríos del invierno, asciende desde Patagonia, trascurren los años, la pluma goteando sobre el papel, siluetas deformadas de humedad asomando a mi ventana. 

BARCELONA

Hay que abandonar el puerto, sembrado de torres de cristal y neón. Hay que olvidar el rumor incesante del tráfico, dueño y señor de las grandes avenidas. Hay que esperar a la noche, escasos momentos de una calma tan frágil que parece romperse con el halo de la respiración. Entonces, en la imposible oscuridad de las farolas, las siluetas conocidas de las calles se transfiguran, renacen y mueren para seguir viviendo en un segundo. El repetido perfil de unas fachadas fusiladas de flashes y de halagos exhibe entonces dibujos inimaginables a unos turistas ávidos de robar imágenes, incapaces de captar el alma altiva de la ciudad. Bordear la elegancia gótica de los callejones escuchando el rumor de tus propios pasos y la respiración cadenciosa de las piedras, empequeñecerse bajo arcos y arbotantes mientras las gárgolas espían desde sus atalayas es imprescindible para intuir entre la sombras las olvidadas leyendas que trenzaron la grandeza de una urbe pendiente siempre del futuro. Las manos en los bolsillos, el sueño prendido de los párpados, camino sobre las mismas losas que, siglos atrás, surcaron guerreros, próceres y mendigos, recreando en mi imaginación, o en un mundo paralelo, sencillas historias de gloria cotidiana. Quizá la madrugada me devuelva a una realidad aburrida, a una rutina de carreras, de estrés y comida rápida. O, quizá me resista a desprenderme de su embrujo. Quizá sepa navegar en esta marea de lenguas y culturas sin perder la esencia de la vieja ciudad condal, sin olvidar sus silencios, el misterio cambiante de sus muros y la amabilidad recia de sus gentes.