Llueve. Bueno, como siempre. Esta isla, desgajada de Chile pero temerosa de navegar lejos de su larguísimo regazo, amanece y se acuesta disfrazada de melancolía. La llovizna es un velo que tapiza de nostalgia cada rincón de las ciudades y sus gentes. El tiempo parece detenido, suspendido a caballo entre un pasado hecho de magia y un futuro demasiado perezoso para saltar el istmo que le separa del continente. Casas encogidas de borrasca se protegen con tejados de madera, se revisten del humo de los braseros y ofrecen abrigo en sus cocinas olorosas a salmón y vino caliente. Pequeñas iglesias de corte centroeuropeo dominan los villorrios dispersos a lo largo de la costa. En los mercados, carros de pescado y gruesos chaquetones de lana comparten olores y paciente espera del distraído comprador. Los palafitos se precipitan sobre la mar, apoyan en ella sus cimientos y arrullan al durmiente con el murmullo eterno del Pacífico. Así, entre el calor de los cafetines y la gélida brisa que, en los meses más fríos del invierno, asciende desde Patagonia, trascurren los años, la pluma goteando sobre el papel, siluetas deformadas de humedad asomando a mi ventana. 
 
Fotografía: De Edmundo orellana - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=32056193

Hay que abandonar el puerto, sembrado de torres de cristal y neón. Hay que olvidar el rumor incesante del tráfico, dueño y señor de las grandes avenidas. Hay que esperar a la noche, escasos momentos de una calma tan frágil que parece romperse con el halo de la respiración. Entonces, en la imposible oscuridad de las farolas, las siluetas conocidas de las calles se transfiguran, renacen y mueren para seguir viviendo en un segundo. El repetido perfil de unas fachadas fusiladas de flashes y de halagos exhibe entonces dibujos inimaginables a unos turistas ávidos de robar imágenes, incapaces de captar el alma altiva de la ciudad. Bordear la elegancia gótica de los callejones escuchando el rumor de tus propios pasos y la respiración cadenciosa de las piedras, empequeñecerse bajo arcos y arbotantes mientras las gárgolas espían desde sus atalayas es imprescindible para intuir entre la sombras las olvidadas leyendas que trenzaron la grandeza de una urbe pendiente siempre del futuro. Las manos en los bolsillos, el sueño prendido de los párpados, camino sobre las mismas losas que, siglos atrás, surcaron guerreros, próceres y mendigos, recreando en mi imaginación, o en un mundo paralelo, sencillas historias de gloria cotidiana. Quizá la madrugada me devuelva a una realidad aburrida, a una rutina de carreras, de estrés y comida rápida. O, quizá me resista a desprenderme de su embrujo. Quizá sepa navegar en esta marea de lenguas y culturas sin perder la esencia de la vieja ciudad condal, sin olvidar sus silencios, el misterio cambiante de sus muros y la amabilidad recia de sus gentes.

La publicación de Correr a Ciegas también tuvo eco en la prensa de Nicaragua. Podéis leer el artículo que le dedicó El Cronista Digital pinchando en la imágen.