Había en el mundo ciudades más feas que aquella partida en dos por un riachuelo al que orgullosamente llamaban La Ría, y él conoció muchas de ellas. Ciudades de hielo sobre el asfalto y nubes de toxinas recostadas contra los tejados. Urbes de chabolas hacinadas en cerros dispuestos a derrumbarse bajo el primer chaparrón. Vertederos de miseria donde nacían cabañas, casas, barrios y pueblos enteros, donde la gente moría sin saber que la vida era algo distinto a la supervivencia, donde la palabra dignidad era tabú y la escuela una ilusión. No. Bilbao no estaba tan mal. Todo es cuestión de perspectiva.