Guerrillas (Para un 19 de julio)

19.07.2013 18:52
Hoy se cumple un nuevo aniversario de la victoria del FSLN en un enfrentamiento desigual con Anastasio Somoza, último de una dictadura hereditaria, e "hijo de puta de Estados Unidos" (en palabras de Roosevelt). Para conmemorarlo, os dejo aquí un relato guerrillero escrito hace muchos años. Si os gusta, podéis descargarlo, junto a otros catorce, en el libro "Entre lagos y volcanes", gratuito en epub, mobi y pdf en el siguiente enlace: http://www.javierdiezcarmona.com/solidaridad/

GUERRILLAS

 
            -¡Ayúdeme, por favor!-
 
            Le observa desde la distancia, temeroso de acercarse. Es una figura imprecisa, una silueta confusa a su mirada de tantos años y penurias. Pero no necesita verla para saber que los buenos tiempos o, mejor dicho, los tiempos de tranquilidad, han muerto para siempre. Imágenes de tortura, de fuego y sal, regresan a su memoria. Cárcel y pasado. Cárcel y futuro. Postrado sobre los tablones gastados del pajar, entre ratas alborotadas y viejas heces gallinaceas, el herido le taladra con ojos enrojecidos de cansancio y dolor, de miedos y certidumbre. La angustia es una máscara deforme adherida a su rostro. Violentos temblores sacuden la pierna perforada por un balazo. El terror resbala en gruesos goterones por su tez del color de la tierra. Sin palabras, sin gestos, implora urgente auxilio al anciano que sigue inmóvil a su lado, incapaz de reaccionar, incapaz de sustraerse a las premoniciones de su mente. La sangre dibuja un charco negruzco sobre el suelo, destellos que evocan recuerdos, que predicen tragedias.
 
            -“¿Quién es?”
             
             Desde el interior de la vivienda, la mujer parece más somnolienta que preocupada.
 
            -“Nadie. No hay nadie. Quizá fue la tormenta”- La mentira aflora a sus labios con inesperada naturalidad, provocando una lastimera sonrisa de agradecimiento en el herido. Todavía guarda un arma en el bolsillo, pero no le quedan fuerzas para intimidar a nadie.
 
            -“Voy a ayudarte, chavalo”- La voz del campesino es recia, metálica en su entonación. Toma al joven de un brazo y, en volandas, lo sumerge en el rincón más oculto del establo, entre estiércol, zumbido de moscardones y la mirada noble de dos vacas molestas por la inoportuna interrupción de medianoche.
 
            -“Ahí quieto”- susurra, y regresa a tranquilizar a la esposa, a limpiar el obvio rastro de sangre delatora, a ordenar unas ideas que giran alteradas en su cerebro.  
 
            El calor del pajar, el siseo sedante de los insectos y la presencia casi maternal de los rumiantes adormecen al inexperto guerrillero, le sumergen en una semiinconsciencia delirante, un sueño a diferentes bandas, breve y sobresaltado pero, de algún modo, reparador. Regresa a un mundo que no es real, pero tampoco inventado, un lugar etéreo donde su mente junta el pasado más cercano con fantasías y recuerdos de otras épocas. Ante él aparece Omar, y ante él se desvanece, derribado por la misma ráfaga que perfora su muslo. De la noche nacen llamaradas de plomo fundido, explosiones confundidas con los truenos. En unos segundos se desvanecen las vidas más cercanas de los últimos años, los compañeros de correrías adolescentes, de manifestaciones contra la dictadura, de clandestinidad y lucha. Cae Omar y, junto a él, casi en su regazo, cae Yadira, la cabellera empapada en lluvia y carmesí allí donde los proyectiles perforaron ese cuerpo deseado. Pero, aunque la pasión devoraba sus entrañas, aunque la yema de sus dedos anhelaba ese contacto intuido, siempre supo que Yadira y Omar eran uña y carne, combatientes y amantes entregados a la causa y a ellos mismos, luchadores de la sierra y el lecho desordenado que, finalmente, murieron juntos, acariciándose a la luz de los relámpagos, bajo un fragor de tormenta y ametralladoras.
 
            Despierta frío, muy frío, ardiendo en un hielo extraño. A su lado, el campesino limpia la herida con un paño húmedo. Por primera vez desde su ingreso en la montaña, un indescifrable aroma a hogar, olor a heno y tabaco, atraviesa sus sentidos y consigue relajarle.
 
            Pero sólo hasta escuchar los primeros ladridos.
           
            La patrulla está en casa de la viuda. Es un bohío destartalado, sumergido en lo más profundo del barranco, a expensas de las violentas crecidas del torrente pero protegido del viento de cada invierno. Desde allí, el eco de los ladridos emerge en extrañas cacofonías, rebota entre las rocas para perforar, con la  certidumbre de su amenaza, los oídos de ambos.
 
            Se miran a los ojos. El anciano nota sobre sus hombros el peso insoportable de la responsabilidad, el peso de los años, el peso del miedo. Traga saliva, pero todo es áspero a su garganta. Sujeto por sus manos callosas, deformes de tiempo y trabajo, el cuerpo del muchacho tiembla sin cesar. Otra mirada. La plegaria renovada del más joven se estrella contra las dudas, los temores, del más viejo.
 
            Su mujer está en la casa. Cuarenta años de matrimonio les contemplan, cuarenta años de labrar codo a codo unas tierras ávaras como el gobierno, cuarenta años de lucha para criar a unos hijos que vuelan lejos del hogar, de momentos malos y peores, de riñas, enfados y discusiones, pero también de armonía y comprensión. Cuarenta años de algo intangible pero cálido, felicidad, tal vez ¿Y si llegan y les sorprenden escondiendo a un guerrillero? ¿Qué le harán? Y, sobre todo ¿Que la harán?
           
            Hay más ladridos. Nuevos, diferentes, más cercanos. El campesino cree reconocer la bronca voz de uno de los perros de “Los Pinos”, minúscula comunidad a diez minutos de su casa. Parecen detenidos, interrogando entre golpes y amenazas a los labriegos inocentes, registrando casas y establos. La tormenta ha cesado. Un viento húmedo comienza a dispersar el manto de nubes, tras las que se adivina el resplandor de la luna llena. Son cerca de las doce. Sólo el monótono ladrido de los canes interrumpe el transcurrir de la noche. A varios kilómetros de distancia, en un breve bosquecillo encogido a la vera del arroyo, dos cuerpos trenzados entre si, unidos más allá de la muerte, son arrojados sin miramientos a una ranchera verde oliva, donde realizarán su postrero viaje nupcial. A veces, mezclado con los gemidos del viento, confundido con los susurros de hierba, noche y ramas temblorosas, los silenciosos guardias perciben, o creen percibir, un caminar sordo de botas y pezuñas, ecos de fantasmas imposibles renacidos del vientre húmedo de la tierra. Nerviosos, miran al cielo, buscan en el tacto frío de las Garand esa confianza que les falta y esperan, entre las sombras inciertas de los árboles, el momento de regresar al acuartelamiento. A lomos de la niebla adherida a la montaña, siluetas ficticias de un ejército desarrapado cabalgan en silencio
 
            ¿Por qué destruirlo todo? ¿Por qué sacrificar su relativa paz, su pausada felicidad? ¿Por un mocoso desconocido, indeseado actor sin invitación a quien nada se debe? Es la Guardia Nacional quien le persigue, la policía de un dictador sangriento, sí, pero policía a fin de cuentas. Bajo aquella máscara aterrada de inocencia puede esconderse un asesino, un ejecutor de sentencias nunca dictadas.
 
            ¿Por qué protegerle?
 
             No. No lo sabe.
 
            En Los Pinos, un oficial bañado en lodo y rencor amenaza con su mirada a la triste hilera formada por los vecinos. Sin palabras, olisquea como una alimaña el miedo de sus víctimas. El fugitivo no puede haberse evaporado, no puede desaparecer en la nada, mimetizado entre las montañas negras de Pancasán como si del cadejo se tratara. Alguien, algún miserable de piel tiznada y piojos en los cabellos, le está ayudando a esconderse. Chasquea la lengua, latigazo invisible que provoca un escalofrío en los aterrados campesinos. Sabe como conseguir la información.  
 
            Pero un disparo rompe la noche y retumba entre los valles, un eco moribundo difuminado en el silencio de la tormenta extinta.
 
            La patrulla apenas tarda unos minutos en localizar la detonación y tomar la cima de la vaguada. Desconfiados, adiestrados por años en el innoble arte de la muerte, se despliegan a toda velocidad en los confines de la hacienda, bloqueando cualquier vía, posible e imposible, de fuga. Pero tanta precaución no parece necesaria. Junto a la cerca, alambre sembrado de pithayas que delimita la estrecha propiedad, un hombre de rostro plegado y canas en el cabello les llama con la vehemencia de un alterado nerviosismo. En su mano izquierda sujeta una escopeta que arroja al suelo cuando llegan los milicos. Desde el interior de la vivienda, los gritos de una mujer rasgan lo noche con el timbre de su histeria “¿Qué pasó? ¿Qué fue?”
 
            -“¡Acá! ¡Acá!” – grita a los guardias que no se deciden a deshacer el tenso sitio cerrado sobre el anciano –“Bandidos. Vino un bandido que quiso llegar a la casa. Le tiré y salió corriendo p´allá” – señala con un dedo agarrotado el vacío abierto a sus espaldas, donde la oscuridad asemeja un sudario al abrigo de la montaña.  
 
            Junto a la cerca, al linde de un angosto arroyo, nace la arbolada donde ha desaparecido el atacante. Siguiendo las indicaciones, varios agentes se adentran en la espesura, agazapados entre arbustos y maleza, las Garand abriendo el camino de su persecución. El oficial permanece junto a la cabaña, escrutando con ojos amenazantes el rostro asustado del viejo. Está en su naturaleza desconfiar de los campesinos, especie de animales encogidos en sus bosques, sin más futuro que comer mal y reproducirse, analfabetos fácilmente utilizables por comunistas y guerrilleros. Tiene preguntas, muchas preguntas, pero entonces escucha el grito.
 
            -“¡Sangre!”-
 
            Un soldado resbala ladera arriba, ansioso por comunicar el hallazgo al superior. –“Encontramos sangre, señor. Sobre las piedras. Un reguero abundante. Y muy reciente. Va al ojo de agua, y allá se pierde”-.
 
            -“¡Vamos! ¡Corran! ¡¡Va por el río y va jodido!”-
 
            Cuando los uniformados se pierden en el negro infinito de Pancasán, regresa al establo. Enterrado en la paja, demasiado visible para cualquier guardia desconfiado, el herido desgrana un sueño intranquilo, sembrado de horrores vividos y pesadillas inventadas. Tiene tiempo. Tiene unas horas para tumbarse, descansar y buscar la forma de evacuarle. Cojeando, llega al pozo, se quita el pantalón y lava la herida. Es profunda, un corte limpio en el muslo, por donde la sangre mana en abundancia. Tira la venda del primer torniquete y se coloca otra más limpia, menos prieta, para devolver la circulación a sus venas amoratadas por la presión. Agotado, se derrumba sobre un tronco incapaz de dormir, incapaz de regresar al lado de la mujer cuya vida acaba de arriesgar sin pedir permiso ¿Por qué? No lo sabe. O tal vez sí. Tal vez siempre lo supo, pero jamás pudo explicarlo. El cielo parece abrirse, permitiendo a los rayos tímidos de una luma adormilada dibujar los contornos con matices grisaceos. La paz se extiende sobre la montaña, ignorante consciente del grupo de hombres armados que peina los bosques, del joven barbilampiño que suda en su inconsciencia  de los cadáveres que botan sobre la caja de una vieja furgoneta. Entre los troncos ralos de los pinos, siluetas difusas emergen y desaparecen, ecos de tiempos nunca olvidados, nunca borrados de la memoria ¿Cuántos años hace? Más de treinta. No importa. Ellos siguen estudiándolo desde el más allá, surgen inadvertidos de las sombras como lo hicieron aquel día, esqueletos harapientos mendigando un trozo de pan, un hueco donde esconderse, un aliento imprescindible a su fuga sin rumbo. Se negó. Su joven esposa, sus dos pequeños, miraban desde el interior de la vivienda, rogaban en silencio que aquellos delincuentes se marcharan, que desaparecieran para no volver. “Mataron al General” gemía uno entre silbidos asmáticos de pulmón enfermo. “Mataron a Pedrón. Nos matarán a todos si no nos ayuda”
 
            No les ayudó.
 
            Y desde la distancia, desde la nula seguridad de su hogar, escuchó los disparos, ráfagas alternas de macabra precisión, allí donde la Guardia Nacional del general Somoza sorprendió a los escuálidos supervivientes del Ejercito Defensor de la Soberanía Nacional. Desde entonces, cuando la luna se abre paso entre las nubes, cuando el silencio se cierra y los terrores abren sus brazos descarnados, los dos proscritos afloran a su mente, o toman forma en el linde de la floresta, y le impiden olvidar.
 
            No puede explicarlo. No puede explicar, ni explicarse, que dos fantasmas le pidieron ayuda. No puede revelar que, antes de escuchar el triste jadear del guerrillero, recibió la visita, imposible, pero real, de aquellos espectros. La mirada cargada de tristeza, las tripas colgando por los agujeros de sus vientres, le llamaron desde la distancia. No hubo voces ni gritos, no hubo sonido alguno, pero le llamaron. Y cuando, asustado, se atrevió a aproximarse, comprobó incrédulo que una sonrisa esperanzada colgaba de sus labios muertos. “Sandino vive”, afirmaron sin palabras. “Y ya viene”.