El delito de enseñar a leer

22.05.2016 20:59

El 23 de mayo de 1980, hace ahora 36 años, un campesino del norte de Nicaragua, Georgino Andrade, fue asesinado por los contrarrevolucionarios nicaragüenses. Su delito era doble. Había aprendido a leer y a escribir gracias a la Cruzada de alfabetización promovida por el gobierno sandinista y, además, se había empeñado en enseñar al resto de sus convecinos lo que él ya tenía la fortuna de saber: comprender la palabra escrita. 

Georgino fue asesinado por la misma razón por la que Nicaragua fue asediada militarmente durante diez largos años: era un ejemplo. Al igual que su país, no representaba ningún peligro para nadie. No había nada que temer de él. Salvo, claro, que su ejemplo cundiera y los campesinos y campesinas analfabetas comenzaran a comprender esos textos que el terrateniente les hacía firmar con la huella de sus dedos. Que comenzar a tener una visión de la realidad más allá de las estrechas fronteras de la champita y las órdenes del caporal. Que junto a la venda de sus ojos se desprendieran de las cadenas de sus manos y sus pies. Porque leer, los sabían entonces los viejos guardias somocistas y los altos mandos de la administración estadounidense; lo saben hoy los gobiernos que detraen fondos y ayuda a la educación de los más desfavorecidos, esos que no pueden pagar el privilegio de un colegio privado, es peligroso. Es tan peligroso que no dudaron en matar, en seguir matando, a los voluntarios de la educación y la alfabetización. 

No consiguieron su objetivo en una primera instancia. La Cruzada Nacional de Alfabetización no se detuvo, a pesar de los miedos y las dudas de los cientos de miles de jóvenes emigrados a la montaña de forma temporal para ayudar en la tarea. Si lo lograron a largo plazo, si lo están logrando hoy en día, es una pregunta cuya respuesta trasciende de los modestos límites de este blog.

En Correr a Ciegas, mi primera novela, me pregunté por ese momento; cuando un grupo de adolescentes, apenas unos niños que jamás hasta entonces habían abandonado la seguridad de sus hogares, comprenden que están siendo asesinados por educar. Y deben decidir qué hacer:

Cuatro estudiantes, cuatro campesinos, cuatro mujeres y hombres que cometieron el tremendo delito de enseñar a leer al que no sabe a cambio de nada, a cambio de una sonrisa, a cambio de un recuerdo, a cambio de un anhelo de mejora para el país, habían sido asesinados por la contrarrevolución. Los, en palabras de Ronald Reagan, luchadores por la libertad, mataban educadores y educadoras, incendiaban cooperativas, violaban enfermeras para defender la libertad de seguir sumidos en la ignorancia, en nombre del derecho a morir de diarrea o lepra de montaña, por la religión del dólar y el terrateniente. La pasada semana, en un lapso de nueve días, asesinaron a Marta Lorena Vargas y Juana Yadira Cruz, dos mujeres de dieciocho años, brigadistas de la alfabetización y de la salud; a José Chacón, profesor popular, y a Luís Emilio Vasques, campesino recién alfabetizado que se entregó a la tarea de arrancar de los ojos de sus vecinos la venda de la que él consiguió desprenderse. Lejos, muy lejos, quedaban los tiempos en que pensaron que la sanguinaria ejecución de Georgino Andrade en San Francisco era un hecho aislado...