Bilbao, el atractivo de la ciudad decrépita

06.02.2013 10:23
 
Según Álvaro Fierro en El Correo (17/01/2013), a medida que Bilbao y su entorno fueron perdiendo el gris aire postindustrial de los años ochenta, la escena rockera de la villa se fue diluyendo. Al parecer, el cambio a mejor, a ciudad cosmopolita y de servicios diluyó esa mala leche que acompaña al rock más básico y explosivo, el que nace de las entrañas y revienta en los tímpanos cargado de rabia y reivindicaciones.
 
Partamos de una premisa. Consideremos que la novela negra es a la literatura lo que el punk rock a la música. Quizá esto nos ayude a comprender por qué dos de los autores vascos que más éxito han alcanzado en novela negra el pasado año las ambientaron en ese Bilbao cambiante que despedía para siempre los viejos modelos importados por la burguesía rural y saludaba a una industrialización precipitada, capaz de destrozar en pocos años todo lo conocido hasta la fecha.
Viejos burgueses acomodados en sus residencias del Casco Viejo, nuevos millonarios industriales y financieros ocupando la Gran Vía y el Campo Volantín, legiones de desarrapados llegados de tierras tan lejanas como Galicia, Extremadura o Andalucía hacinados en los barrios altos bilbaínos, los poblados mineros de Triano y La Arboleda o los arrabales de la margen izquierda del Nervión son parte y paisaje de dos excelentes novelas que vieron la luz casi al unísono: La ciudad de los ojos grises, de Félix G. Modroño y Las flores de Baudelaire, de Gonzalo Garrido. Un crimen como desencadenante de la acción, un investigador que no lo es (un viejo amigo en el primer caso, un fotógrafo en el segundo), mentiras que protegen apariencias, poderes políticos y económicos entrelazados frente a un telón de luchas obreras, efervescencia sindical y política, y los ecos cercanos de la Primera Guerra Mundial.
 
Dos novelas que recuerdan la una a la otra, que beben de las fuentes de una industrialización acelerada cuya máscara de bienestar es cada vez más brillante y más exclusiva. Dos obras escritas cuando Bilbao reniega de su pasado obrero, de sus eternas chimeneas para unirse a la moda global de buscar riqueza sin el estorbo de la producción. ¿Será acaso que esta villa de museos gringos, de avenidas sembradas de palmeras y pescadores holgazaneando en la ribera de la ría, no inspira a quienes disfrutamos inventando crímenes cada vez más truculentos y complicados.
 
Puede ser. Quizá no quede bonito despedazar a un turista en las escaleras del Guggenheim. Quizá los viejos detectives de gabardina y malos modos afeen la belleza sureña del puente de Zubi Zuri. Pero Bilbao vive. Sigue cambiando. Y sigue cubriendo de óxido y negrura su deslumbrante fachada de titanio, dejando un espacio al crimen y a los escritores que sueñan con encumbrarlo. Podemos, por ejemplo, guiarnos por su geografía con las 19 Cámaras de Jon Arretxe. Y, con otras pieles, otros acentos, tal vez regresemos a la ciudad cambiante y lúgubre de los primeros mineros y sindicalistas.